En
el corto proceso de la primera penetración, parpadeé nerviosamente pero sin
dejar de mirarle a los ojos.
Me
aferré tan fuertemente a su cuello que por un momento pensé que le estaría
ahogando.
Sollocé
inconscientemente mientras ambos suspirábamos. Mi pulso estaba tan acelerado
que incluso podía oírlo.
Volvió
a penetrarme, una y otra vez, de una forma instintiva. En ese momento me
encontraba emitiendo gemidos entrecortados, pero era el sonido de su
respiración, acelerada e ininterrumpida, la que llenaba la habitación.
El
único pensamiento que invadía mi mente era el de descubrir el sexo, el placer
carnal que había reservado para alguien como él.
Momentáneamente,
el ambiente de la habitación empezó a parecerse al de una sauna.
Cambié de postura,
sentándome encima de él. Enroscándome
con su cuerpo, encajando a la perfección como si fuéramos un puzle.
Me
rozó la oreja con los labios. Las sucias palabras que me susurró aun se
pronunciaban en mis oídos cuando me venía la imagen de su rostro serio. De
mirada profunda. Que no me permitía parar. Que era la que me obligaba a seguir
moviéndome de ese modo.
La tensión en el ambiente era palpable. No el
deseo, sino la necesidad de continuar dándonos placer, podía leerse en nuestra
piel.
Yo
me mordía los labios para controlar mis gritos. Intentando esquivar palabras
que articulé inevitablemente.
Mientras él enredaba
los dedos en mi cabello, yo admiraba su cara de ensueño. Su mera presencia era
deslumbrante, por eso me fue sencillo absorber con placer todos los detalles.
La intensidad de
nuestra pasión nos envolvía. No podía detener los pensamientos obscenos que se
manifestaban en forma de incontrolables gemidos. De repente me sentí náufraga,
perdida en el océano de sus ojos.
Hablar no era posible,
pero sus ojos celestes, brillantes y eléctricos lo decían todo sin palabras. Supe
que dejamos de ser dos personas, y nos habíamos fundido en una sola. Perdidos
en nuestro ritual de belleza con un toque de violencia.
La
luz procedente de los primeros rayos de sol que se filtraba a través de las
cortinas, bañaba su figura desnuda con sus tonos rosados.
En ese preciso instante
advertí que nos habíamos convertido en una obra de arte.