Aquella expresión de
felicidad que me producía el simple contacto suyo, ha desaparecido de mi
rostro. Pero no me queda otra alternativa que aceptarlo. Miles de pensamientos
contradictorios llenan mi cabeza colisionando entre ellos como en una tormenta
de meteoritos.
Mi realidad empieza a
desmoronarse sin poder impedirlo.
Hasta ese momento había
estado tan absorbida por mi propia espiral de felicidad que ni siquiera había
pensado que tal vez hubiera otra. Otra ignorante que cayó como yo caí. Creyéndome
inocentemente sus falsas declaraciones de amor. Sus nocturnos versos.
Llevando
permanentemente una venda que me cegaba y de la cual quizá aun no me haya
liberado.
Estaba a las puertas
del Cielo, y, de repente, se han cerrado ante mis ojos; asestándome un golpe
fatal. Por dentro. Donde duele.
Sintiendo una puñalada
en el corazón sin saber por dónde vino porque estaba ciega. Pero no importa en
cuantos trozos se haya destruido mi corazón porque sé que su mundo no se
detendrá para volver a componerlo. Sanarlo con sus besos.
Al menos ahora la
lección está aprendida.
¿Fue algo que hice?
¿Fue algo que dije? No lo sé, pero dudo que él lo sepa. Se encuentra sin
excusas, sin argumentos, se ha convertido en lo que él siempre ha odiado. Un
falso, un mentiroso. Fingiendo durante todo este tiempo. Haciéndome sentir como
si fuera la única. Supongo que está bien saber que estuvo ahí, interpretando un
papel, siendo la única cosa que creía conocer. Pero ahora veo que no le
conozco. ¿Acaso se conoce a sí mismo?
Aun recuerdo el momento
en el que me enteré de todo, cuando me lo confesó manipulando la verdad con
frialdad, hablando con ese bloque de hielo al que llama corazón. Con el que, supuestamente,
me amaba.
Yo había estado bajo los efectos de un hechizo tan
fuerte que mi mente se había quedado en blanco. Con una fuerte presión el pecho
y con la mirada petrificada por el asombro, con los ojos llenos de lágrimas.
Repentinamente me sentí desnuda. Vulnerable. Sin recordar
que podía experimentar tanto miedo. En una situación de impotencia. Siendo
víctima sin quererlo. Víctima de su descarrilamiento. De su atropello. Siendo
él el jugador y yo el videojuego. Mirando mientras yo caigo.
Secando mis lágrimas pero levantando la cabeza. Cada
día enfrentándome a un mañana sin él. Todavía soñando sus sueños. Queriéndole
sin querer.
Tumbada en la cama donde empezó todo. La que está
hecha a su medida. Parece kilométrica. Vacía. Vacía porque falta él.
Con la almohada llena de lágrimas acompañadas de un
llanto incesante. Retorciéndome entre las sábanas y agarrándolas con furia.
Gruñendo evitando gritar.
El abochornante calor entrando por la ventana, agravando
aun más mi situación. Hirviéndome la sangre.
Yo creí en él. Dándole todo lo que supe dar. Todo lo
que supe expresar. Pero no fue suficiente. Decidió por su cuenta que yo no
valía. Que no le servía más que para desfogarse.
No voy a ocultar que a pesar de todo, me resulta
difícil separarme de él, es como si intentara abandonar mi propio cuerpo.
Porque era todo lo que quería y más. Porque aun lo sigue siendo. Pero ahora todos
esos versos no tienen dueño. Aunque continúe representando todo aquello que
deseo pero que no puedo tener. Todavía soñado con esos labios que será ella
quien bese. Sin merecerlos. Visitando lo que yo nunca visitaré. Conociendo lo
que yo nunca conoceré.
Que es en estas noches cuando me doy cuenta de que
su vida continúa, sin mí.
Y yo le digo, bañando en lágrimas estas líneas, que
le quiero y que ese ha sido mi único pecado.
Pero en estos momentos me pregunto por qué no me
arrepiento de nada.