Anoche, soñé contigo. Anoche,
sin ir más lejos. Volviste a irrumpir en mis sueños como si a propósito lo
hicieras. En el fondo, en estos sueños, soy feliz. Feliz por cómo me acaricias,
por cómo me abrazas, por cómo me besas. Pero supongo que todo queda en un
sueño.
Cuando despierto, experimento un
mar de sensaciones, todas girando a tu alrededor.
Anhelo tu rostro, tu pelo, tu
cuerpo, tus curvas, el contoneo de tus caderas al caminar, la suavidad de tus
manos…
Pensar en el
día que me enamoré de ti, aquel día en el que un ángel apareció e iluminó la
oscuridad con sus ojos, los mismos que días más tarde me secuestraron sin
dejarme escapar. Aquellos ojos verdes fueron los que me condenaron.
Me siento
víctima de tu encanto. Manipulado por tu sonrisa. Esa sonrisa que brota de tus
labios carnosos, rojos cual amapolas, intocables, prohibidos. Qué no daría por
fundir tus labios con los míos aunque solo fuera una vez.
Cuánto
desearía hundir mi nariz en tus rizos y respirar su aroma mientras te sostengo
en mis brazos. Perfumar mi ropa con tu olor, llenándome con esa paz que solo en
ti consigo hallar.
Dormirme
entre tus senos mientras escucho el latido de tu corazón. Juntar nuestros
cuerpos cálidos hasta formar una gran llama de fuego.
Hacer que te
estremezcas con solo rozarte. Hipnotizarte con la mirada. Que me mires con
lujuria. Que seas mía. Mía y de nadie más.
Cuánta es la
tentación de poseerte cuando te tengo a mi lado.
Cuando
nuestras miradas conectan, es como si, aunque sea por un instante, vuele, vuele
muy alto, lo más alto que nadie ha llegado a volar.
El tacto de
tu piel, es como poder tocar el cielo con los dedos al mismo tiempo que sientes
el calor del Sol sin quemarte. Como si las nubes y el terciopelo se hubieran
unido creando una nueva textura.
Cuando te observo,
es como si desconectara de la realidad, sin pensar en nada, tan solo admiro tus ojos, tu nariz, tus labios, tu
cuello… y admiraría mucho más si pudiera.
Sin embargo, ¿en qué piensas tú
cuando me miras?, ¿será una mirada de deseo?, ¿de rechazo?, ¿acaso de
indiferencia?...
Maldita mi ignorancia por cómo
te deseo. Por tener sed de ti. Por ansiar descubrir lo desconocido.
Ojalá pudiera ser valiente para
confesarte que serías mi pincel si fuera pintor, que serías mi pluma si fuera
escritor, que sería capaz de adquirir ese compromiso al que tanto temo. Por ti
y solo por ti.
Por más que lo intento, por más
que pienso que no me corresponderás, este puñal sigue residiendo en mi pecho.
Porque soy demasiado necio. Porque te quiero. Y eso nunca cambiará. Aunque no
me ames, aunque no te importe, aunque jamás leas estas líneas escritas por un
borracho.
Nunca creí en el amor, y aún
menos en las mujeres. ¿Por qué pues, cuando pienso en amor, pienso en ti?
Nadie lo entiende. Pero quizá ni
yo mismo lo haga. Supongo que todos necesitamos el amor de alguien. Ese amor
pasional e inagotable con el que todos hemos soñado alguna vez. Y yo. Yo. Elijo
el tuyo.