¿Difícil? ¿Que qué es difícil? Difícil
es tenerte presente todo el día y que no estés. Difícil es verte en cada
esquina, parpadear y ver que no eres tú. Es acostarme por la noche sola en la
cama. Esperando en la oscuridad con tu foto bajo la almohada. Sintiéndome
perdida.
Visualizando tus ojos, hundiendo mi
mirada negra en ellos, quedándome muda, triste y vagamente sonriendo.
Aferrándome a los recuerdos, a los
momentos compartidos.
Dejando que mis lágrimas lentas y mansas
resbalen por mis mejillas. Pensado en silencio, por si, de algún modo, logras
oírme.
Cada noche lo mismo.
La distancia. La maldita distancia. Responsable
de que mis relojes se paren. De que en mi mente reine la impaciencia.
Impaciencia de tenerte.
Deseos de agarrarte y que no te
vayas. De no tener que recorrer ese trayecto nunca más.
Te quiero. Te quiero y no me importa
decirlo. Reconocerlo ante quien se ponga en nuestro camino. Digan lo que digan.
No importa. Te quiero. Porque después de conocerte, el resto de la gente me
parece insignificante. Porque mi mente recoge cada instante que vivo contigo,
guardándolos, para sobrevivir en el tiempo que te ausentas.
Porque eres lo que me da fuerzas para
sonreír cada día, para no derrumbarme. Mantenerme de pie.
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