Escuché
sus pasos en la penumbra de la habitación mientras una suave brisa cerraba la
puerta a sus espaldas.
Yo
me encontraba tras la ventana, con las yemas de los dedos pegadas al cristal,
mirando al cielo, observando el manto de estrellas bajo el que nos
encontrábamos. Buscaba la estrella más brillante, esa que se escondía tras el azul
turquesa de sus ojos.
No
logré hallarla en el cielo, pues cerré los ojos al sentir sus brazos alrededor
de mi cintura, abrazándome por detrás. Sonreí y tras un fugaz instante, me di
la vuelta. Sus ojos se hundieron en los míos, y, de algún modo, vi reflejadas
todas las estrellas que nos observaban aquella noche, aproximándose hacia mí
para darme un dulce beso en los labios.
Al
colocar mis manos sobre su torso, noté su corazón, latiendo muy deprisa, como
si se le fuera a salir del pecho.
Me
atrajo más hacia él y me besó como nadie lo había hecho antes. Yo le tomé por
el cuello mientras continuaba besándome, cada vez más suelto.
Yo
no entendía el motivo de su nerviosismo, pero antes de poder decir nada, le
miré a los ojos y lo supe al instante.
Sus
ojos mostraban tal intensidad que los hacía parecer encendidos. Los dos nos
sonreímos pero sin apenas mover los labios.
De
repente, todo el ruido del mundo exterior enmudeció.
Me
agarró por la cintura y bajó hacia abajo apretando sus dedos contra mis muslos.
Tomó
la iniciativa y se atrevió a quitarse la camiseta con vigor. Sus labios
vinieron a los míos rápidamente, y un segundo después se dispuso a deshacerse
de mi blusa con decisión.
Sus ojos voluptuosos me
recorrieron de arriba a abajo mientas lanzaba la prenda al suelo. Cuando volvió
a acercarse a mí, observé que sus pupilas se habían dilatado; resaltando aun
más el azul de sus ojos.
Me apartó el pelo del
cuello y empezó a acariciarme con los labios. Pronto un escalofrío me recorrió
todo el cuerpo.
Me fue empujando poco a
poco hacia atrás hasta que mi espalda dio con la pared y no pude retroceder
más. Empezó a besarme el pecho mientras palpaba mis senos con fuerza.
Yo no llevaba ropa
interior, por lo que de repente sentí pavor. Me hallé torpe por mi repentina
timidez. Sin embargo, el calor que desprendía su cuerpo me dio valor para
continuar.
Me armé de valor y me atreví a conducirle hasta la
cama, que se encontraba escasamente a un par de metros de nosotros. Me tumbé
encima suyo, siendo únicamente consciente de que no podía reprimir el
irrefrenable impulso de darle placer.
Él me abrazaba fuertemente. Le acaricié el cabello
con las dos manos sin dejar apenas espacio entre nuestros labios.
Nos incorporamos como pudimos y, sin separarnos, nos
deshicimos del resto de la ropa.
Esta vez fue él quien se puso sobre mí. Nos miramos
a los ojos al mismo tiempo, repentinamente conscientes de lo sagrado que era
ese momento.
Acerqué los labios a su cuello e inhalé con fuerza.
El aroma de su piel hizo que me estremeciera y echara la cabeza hacia atrás
mientras mi mirada se perdía en la oscuridad de la habitación.
Comencé a invadir su
piel con mis besos. Mientras él me colocaba un mechón tras la oreja.
Notaba sus músculos
tensos y su respiración vertiginosa dándome calor en la nuca.
Yo estaba tan excitada
que casi no podía pensar con coherencia.
El contacto de su miembro erecto en mi cintura me sobresaltó.
La emoción era tan intensa que creí que iba a desmayarme en sus brazos.
En ese instante sentí
como mi sexo se humedecía. Entonces lo supe de inmediato. Era el momento.
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