viernes, 2 de agosto de 2013

Romanticismo. Parte 2

En el corto proceso de la primera penetración, parpadeé nerviosamente pero sin dejar de mirarle a los ojos.
Me aferré tan fuertemente a su cuello que por un momento pensé que le estaría ahogando.
Sollocé inconscientemente mientras ambos suspirábamos. Mi pulso estaba tan acelerado que incluso podía oírlo.
Volvió a penetrarme, una y otra vez, de una forma instintiva. En ese momento me encontraba emitiendo gemidos entrecortados, pero era el sonido de su respiración, acelerada e ininterrumpida, la que llenaba la habitación.
El único pensamiento que invadía mi mente era el de descubrir el sexo, el placer carnal que había reservado para alguien como él.
Momentáneamente, el ambiente de la habitación empezó a parecerse al de una sauna.
Cambié de postura, sentándome encima de él.  Enroscándome con su cuerpo, encajando a la perfección como si fuéramos un puzle.
Me rozó la oreja con los labios. Las sucias palabras que me susurró aun se pronunciaban en mis oídos cuando me venía la imagen de su rostro serio. De mirada profunda. Que no me permitía parar. Que era la que me obligaba a seguir moviéndome de ese modo.
La tensión en el ambiente era palpable. No el deseo, sino la necesidad de continuar dándonos placer, podía leerse en nuestra piel.
Yo me mordía los labios para controlar mis gritos. Intentando esquivar palabras que articulé inevitablemente.
Mientras él enredaba los dedos en mi cabello, yo admiraba su cara de ensueño. Su mera presencia era deslumbrante, por eso me fue sencillo absorber con placer todos los detalles.
La intensidad de nuestra pasión nos envolvía. No podía detener los pensamientos obscenos que se manifestaban en forma de incontrolables gemidos. De repente me sentí náufraga, perdida en el océano de sus ojos.
Hablar no era posible, pero sus ojos celestes, brillantes y eléctricos lo decían todo sin palabras. Supe que dejamos de ser dos personas, y nos habíamos fundido en una sola. Perdidos en nuestro ritual de belleza con un toque de violencia.
La luz procedente de los primeros rayos de sol que se filtraba a través de las cortinas, bañaba su figura desnuda con sus tonos  rosados.
En ese preciso instante advertí que nos habíamos convertido en una obra de arte.




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